Sábado, 30 de Mayo de 2020
Última actualización: 17:28 CEST
Reportaje

Fue a curar y no halló cura

Horacio Basulto, al centro, con sombrero, junto a su familia. (DDC)

El silencio de la noche se impone en la casa donde conversa la familia de Horacio Basulto (Camagüey, 1958-2016), integrante del Programa Mas Médicos, que regresó de Brasil con la muerte en la boca. Solo se cuela en mi grabación, cuando el viento bate, el crujir de la madera de las paredes o el murmullo de alguna rueda aplastando, en el frente, la calle de tierra y arenilla.

Belkis se balancea en su sillón mientras desgrana fugazmente lo que fue la vida de su hermano. Quizá por nacer en una familia campesina del municipio Najasa, sus primeros estudios fueron de técnico en Agronomía. Ahí, en 1977, con apenas 19 años, se casó con Alicia Garguera, la mujer que lo acompañaría hasta el final. Meses después nacería el hijo mayor de la pareja.

Tres años más tarde, casi al finalizar el Servicio Militar Obligatorio (SMO), Basulto se presentó en la Universidad para los exámenes de ingreso en Medicina. “Al graduarse fue fundador del programa Médicos de Familia”, cuenta Belkis. La iniciativa pretendía acercar la atención primaria a los barrios, facilitando una vivienda temporal a los especialistas en salud que se sumaban. "Lo mandaron a Santa Cruz del Sur", un municipio pesquero de Camagüey. 

A partir de ahí comenzaría un ascenso veloz en el sistema de Salud: encargado de Higiene y Epidemiología en esa localidad, luego director de Salud Pública Municipal en Najasa, y después, en lo que pareció un salto enorme, encontró empleo en la cabecera provincial y allí se mudó. A todas esas, recuerda Alicia, no tenían casa propia y pasada la crisis económica de los años 90 cargaban a su primogénito, Horacito, y a Abdiel, el menor. "Nosotros dormíamos en un cuarto allá atrás", comenta Alicia y señala al fondo de la casa, donde una sábana divide la sala de un dormitorio.

Horacio se inscribió en la "Bolsa" de Misiones médicas de Cuba en el extranjero, y en febrero de 2004 estaba volando, despedido por Fidel Castro, en uno de los primeros contingentes de médicos hacia Venezuela. Un acuerdo entre Hugo Chávez y La Habana generaba trueque de servicios de salud por barriles de petróleo.

"A los primeros médicos les daban casa", apunta Alicia. "Y Horacio pidió una".

"Involucrarte en una Misión, en lo personal, tienen motivos económicos y motivos políticos", considera Abdiel, el hijo. "La suya era una Misión que iba a chocar con el sistema venezolano, ¿me entiendes? Un proyecto socialista en el capitalismo. Pero también existía el motivo económico, por la necesidad que teníamos, estábamos sin casa".

"Teníamos necesidad acá", interviene Alicia, conciliadora. "Y había necesidad allá".

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Belkis recuerda que, antes de viajar, su hermano pasaba por la casa a abrazar y despedirse. No le gustaba que se quedaran esperándolo hasta que el transporte partiera hacia el aeropuerto. Sin embargo, relata Abdiel, los días previos a las salidas Horacio guardaba la esperanza de que algo ocurriera. Algo que retrasara el vuelo, quizá una indicación de espera desde La Habana. "Quería quedarse un poco más con la familia. Un día para él era un año", dice el hijo.

Belkis asegura que a su hermano, "siendo estudiante de Medicina, lo que menos le gustaba era la parte de maternidad. Le aterraba el sufrimiento de las mujeres; y eso fue lo que le tocó atender en Venezuela".

Abdiel recuerda que las cartas de su padre hablaban de mujeres adoloridas, de partos difíciles, de Horacio cruzando el río Aragua para ir de Guasimal, donde vivía, a aldeas de llaneros. Así fueron los primeros tres o cuatro años en Venezuela; los últimos los pasó en San Fernando de Apure, un centro urbano donde dirigió un CDI, algo parecido a un policlínico.

La zona, próxima a la frontera colombo-venezolana, estaba signada por la presencia de paramilitares. "Él nunca fue amenazado directamente por ellos", cuenta Alicia. "Pero a algunos compañeros suyos sí tuvieron que evacuarlos".

"Parte de esas vivencias las conocí en carne propia, porque participé en la Misión de Venezuela, cuando papá ya estaba en Brasil", interrumpe Abdiel, quien, como su padre, vivió en el país chavista su primera salida fuera de la Isla. Acto seguido, como si fuera un detalle esencial, añade: "A papá le gustaba la idea de que uno de sus hijos fuera médico, para crear una tradición. Mi hermano no quería, terminó siendo ingeniero. A mí sí me interesaba la Medicina".

La familia Basulto es grande. Horacio tenía seis hermanos y un padre nonagenario que descansa en una  cama al cuidado de las mujeres de la casa. "Cuando papá no estuvo se echó de menos, era el que estaba pendiente de la salud de todos", relata Abdiel, actualmente "encargado" de velar por la salud familiar.

"Yo cursaba el octavo grado cuando se fue de Misión", comienza. "Un año estuvo viniendo cada cuatro meses, pero después nada más cada 12. Hice la secundaria y el preuniversitario solo con mamá. Después me hice doctor sin él al lado. Sumando su tiempo en Venezuela y Brasil, si lo tuve conmigo tres años fue mucho". El pelo fino de Abdiel se desliza como agua entre sus dedos hasta que para en seco. "Y después lo que pasó…", se lamenta.

Durante la primera estancia venezolana de Horacio, la comunicación con su hijo menor, en plena adolescencia, no fue sencilla. "Imagínate que era por correo postal", rememora Abdiel. "Llegaba una carta al mes. Así fueron los primeros dos años; después íbamos a la oficina de Correos de Cuba, cerca de la Plaza de los Trabajadores". Por ser familiares de un colaborador de la salud, en las colas interminables se priorizaba la entrada de la madre y el joven para usar el entonces novedoso correo electrónico. 

La primera Misión de Horacio duró casi seis años. Regresó a Camagüey por poco tiempo, y volvió a enrolarse en una segunda, esta vez dirigiendo un CDI en Caracas. 

"Una extraña, tenía que trabajar mucho más en la casa", murmura Alicia, agotada, cuando le pregunto cómo reaccionó al saber que su esposo se iría de nuevo. "Una se adapta. El ser humano se adapta a todo".

Horacio había jurado por tres años, pero no los completaría: Más Médicos empezaba. 

Cuando llegó a su casa el 30 de diciembre de 2014 nadie lo esperaba. El alegrón se mezcló con la confusión. Lo hacían en Caracas y estaba en Camagüey. "La Misión nos sacó porque en marzo tenemos que estar en Brasil", recuerda Abdiel que explicó su padre.

El Gobierno cubano priorizó la participación en el Programa Más Médicos por encima de la colaboración con otros aliados regionales. Tanto, que llegó a sacar de Venezuela a profesionales con más experiencia para regresarlos a preparaciones en la Isla y mandarlos al gigante sudamericano. 

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"Perico viejo no aprende a hablar", Ángela, otra de las hermanas, cuenta socarrona que así le dijo un amigo a Horacio cuando pasaba el curso obligatorio de portugués. Ya tenía entonces 57 años. Para él y muchos otros doctores de su edad fue un reto aprender el idioma.

Catedráticos de la Universidad de Camagüey impartían un curso introductorio, después en La Habana aplicaban los exámenes profesores brasileños, y ya en Brasil se ponía otra prueba de portugués, pero sobre lenguaje clínico, refiere Abdiel.

El 2015 fue duro para Alicia: "el mismo año que Horacio salió a Más Médicos, Abdielito también se me iba de Misión, a Venezuela”.

Para ese entonces la superinflación y la violencia trucidaban al país. Aun así, el hijo vio allá una salida. "Papá nos ayudaba económicamente, pero siempre insistió en que hiciera como entendiera, y yo tenía que crear mi propio camino, no podía estar dependiendo de él toda la vida", riposta desde un rincón de la sala.

"Llegando a Venezuela, con él fue con quien primero me comuniqué, allá el Internet es mejor, me dio consejos y comencé a ver todo lo que me había contado de los problemas sociales, de salud, de la delincuencia".

La primera emergencia que Abdiel recibió en el estado de Portuguesa fue un lesionado por disparo. "En mi primer año allá perdí la cuenta de los heridos y los muertos por arma de fuego que atendí", subraya. "Cuando lo ves una, dos y tres veces te impresiona, pero a la cuarta dices 'esto es tan común como atender una hipertensión en Cuba'". Mira a Alicia y parece calmarla: "El ser humano se adapta a todo".

Mientras los ojos de Abdiel se adaptaban al caos, Horacio trabajaba en el estado brasilero de Mato Grosso del Sur. Vivió en Analandia y, según los relatos que hacía a la familia, fue el primer médico que se vio en varios pueblos.  

"Lepra", suelta Alicia, como si la palabra hubiese escapado de su boca.

Dice el hijo que en Brasil el Estado paga al sector privado para que atienda a la población. En una ocasión Horacio diagnosticó a un paciente con una afección que requería intervención quirúrgica. El doctor privado que recibió al enfermo lo devolvió a casa creyendo que no habría problema. El paciente murió. 

A Abdiel le contaba las dificultades en los alejados sitios donde atendía a sus pacientes: "Una placa, un ultrasonido o un electro, que ya no es tan cotidiano como antes en Cuba, pero que se hace todo en un mismo lugar, allá había que mandarlo a pedir a otro sitio y a la semana era que llegaba para poder interpretarlo".

"Cuando papá cumple la primera parte de su Misión en Brasil regresa acá a vacacionar", narra Abdiel. "Desde entonces se sentía una llaguita en la lengua, pero no lo dijo ni se la atendió". Solo cuando vuelve a Suramérica le confiesa al hijo que se atenderá la lesión allá. 

"¿Dentro de la misma Misión le ofrecieron esa asistencia?", pregunto.

"No, no. Como en Brasil el Estado paga a los privados por servicios de salud, papá fue por esa vía. Lo intervinieron en un hospital público donde trabajaban especialistas privados", explica Abdiel. "Desde que le hicieron la biopsia él estaba triste, no comía. Imagínate, era médico, puedes esconderle algo a una persona que no conoce, pero al que sabe no".

En el cubículo del hospital, que era todo para Horacio, simulando tiritar por el aire acondicionado, el día siguiente de la operación habló con Abdiel a través de Internet sin demasiados tapujos. "Él demoró en coger el celular, y cuando contestó noté lo desmejorado que estaba".

Horacio pidió a su hijo mantener en secreto la afección, ha"ta saber con certeza cuán grave era. "Unos meses antes de eso había muerto mamá", explica Belkis, una de las hermanas. “Y él no quería sumar otra cuota de preocupaciones y dolor a la familia".

Pocos días después la biopsia confirmó lo intuido: se trataba de un carcinoma epidermioide de lengua, ya extendido a un ganglio.

"Una vez que conocen el diagnóstico y ven que no se trata de algo que se pueda atajar allá para que siga trabajando, la Misión médica decide evacuarlo hacia Cuba", dice Abdiel. Llegó el 6 de diciembre de 2015 para empezar un tratamiento en el que se tenían pocas esperanzas. 

Paradoja donde las haya: el que había ido a curar no halló cura para sí.

El hijo escribió una carta pidiendo que lo evacuaran por problemas familiares, y la Misión en Venezuela le concedió unas semanas. El 24 de diciembre tomó la mano de Horacio en el Hospital Oncológico de Camagüey, en uno de los últimos ciclos de quimioterapia. "Quien conocía a mi padre de un año antes podía notar la diferencia", dice Abdiel. "Lo peor era la mente".

Horacio logró vivir el día 31, esa línea que inventamos para prometernos que la vida cambiará aunque seamos los mismos, para guardar la esperanza de que algo ocurra, algo que retrase la partida. "Pero el 3 de enero tuvo falta de aire"; recuerda el hijo. "En el hospital le detectaron una neumonía que se complicó". El certificado de defunción, del día 4, explicitó que el paciente tuvo una insuficiencia respiratoria.  

Aunque una década de Horacio se quedó en llanos y aldeas suramericanos, será este enero que la familia contará el tercer año sin él. Medirán otra vez la lejanía, evocarán peligros, rearmarán la ausencia, verán fotos que guardan con celo.