Domingo, 8 de Diciembre de 2019
Última actualización: 16:13 CET
Reforma constitucional

Cae el telón de la farsa constitucional

(ALEN LAUZÁN)

El año en que la mayoría de los venezolanos está a punto de sacudirse el régimen castrochavista de Nicolás Maduro y cientos de nicaragüenses caen asesinados en las calles por los esbirros de Daniel Ortega, los cubanos se disponen a refrendar mansamente una Constitución espuria, en un acto que equivaldrá a una renuncia masiva y voluntaria de derechos y libertades.

Esa legitimación de la tiranía que los ha oprimido durante seis décadas se ha desarrollado en tres etapas. La primera fue la aceptación implícita de un anteproyecto que había sido preparado con nocturnidad y alevosía, en pocas sesiones, por un equipo de burócratas del partido único, muchos de los cuales son notoriamente analfabetos en asuntos jurídicos.

La segunda fase fue el debate de ese documento para —supuestamente— aportarle enmiendas o modificaciones cosméticas, que en nada podían cambiar su arbitrariedad fundamental: era un texto que marginaba a sectores importantes de la población, reafirmaba políticas fracasadas y vulneraba principios éticos mundialmente consagrados, tanto en la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 como en los pactos internacionales que amparan los derechos civiles, políticos, económicos, sociales  y culturales, aprobados por las Naciones Unidas en 1966, de los que Cuba es Estado signatario.

Por supuesto, el pueblo debatiente no tuvo acceso a medios de comunicación independientes ni a ninguna otra información que no fuera la propaganda gubernamental sobre el tema. Y, para mayor escarnio, de esa discusión pública quedaron excluidas de antemano las opiniones de grupos o entidades —iglesias, asociaciones, movimientos opositores e incluso la oficialísima Unión de Escritores y Artistas— que hubieran podido enmendarle la plana al Gobierno. El objetivo era, una vez más, que el ciudadano tuviera que enfrentarse aislado e inerme al poder omnímodo del Estado, representado por las organizaciones de masas y los órganos represivos.

La escenificación del método se llevó a cabo en las asambleas de barrio. Rodeado de cederistas, milicianos, policías y funcionarios, a ver quién era el guapo que se atrevía a impugnar la dictadura del proletariado, el monopolio estatal de la prensa y la educación, la discriminación política o el asfixiante control de la economía.  Como estaba previsto, muy pocos pusieron en tela de juicio las bases del sistema. Tan pocos, que constituían una minoría desdeñable, en medio de la aplastante mayoría que aplaudía tácita o expresamente. En el comunismo, ya se sabe, la función primordial de la masa consiste en aplastar y aplaudir. 

La tercera y última etapa de la legitimación tendrá lugar el 24 de febrero. La mayoría de los cubanos residentes en la Isla acudirá obediente a los colegios electorales, para votar en lo que el Gobierno ha calificado de "plebiscito" que definirá el rumbo futuro del país. En teoría, cualquiera es libre de participar o no y, si decide hacerlo, también es libre de votar sí, no o dejar en blanco la boleta.  Pero, habida cuenta del grado de vigilancia y la presión social que ejercen los agentes gubernamentales, en la práctica el ejercicio de esa libertad es más que dudoso.

El acto mismo de participar en la farsa plebiscitaria, en las condiciones impuestas por el régimen, entraña ya un grado de aprobación y legitima indirectamente al sistema. El que acude a votar (sí, no o en blanco, tanto monta) envía un mensaje muy claro: a pesar de la falta de libertad, la injusta marginación de las opiniones discrepantes y la violación implícita de sus derechos, el votante confía en que las autoridades van a respetar su voto, lo van a contar limpiamente y darán a conocer los resultados reales del escrutinio.  Sin garantías previas ni supervisión internacional, eso es mucho suponer. El argumento de que "si hay una mayoría de votos negativos, no se podrá ocultar", parece más un ejercicio de wishful thinking que un razonamiento anclado en la realidad.  

Porque ninguno de los requisitos que permiten realizar comicios justos y transparentes —censo de votantes, colegio electoral, observadores independientes y conteo público de los sufragios— está garantizado en Cuba. No importa lo que estipulen los reglamentos, porque allí toda norma se aplica o no según la conveniencia de "la revolución".  Solo "la revolución" sabe realmente lo que los cubanos quieren y cómo proporcionárselo. Y si para lograr esos fines hipotéticos hay que torcer la voluntad de los hombres y las mujeres de carne y hueso, pues así sea. De todos modos, los hombres mueren, pero el Partido es inmortal (o al menos lo era hasta 1991).

Esta aprobación de la nueva/vieja Constitución se traducirá en la instauración de un ordenamiento jurídico que permitirá al régimen seguir violando los derechos y las libertades con toda legalidad. Las medidas represivas, aunque sean de dudosa legitimidad, serán perfectamente legales —en virtud de la normativa vigente—  y tendrán el aval de varios millones de firmas, algunas de ellas de las propias víctimas futuras, que habrán refrendado de antemano sus condenas.

La manera más visible y eficaz de evitar que esto ocurra es deslegitimar a todo el sistema de Estado-Gobierno-Partido Único y a su Ley Suprema mediante el boicot a la liturgia obscena del día 24. No participar es mucho más elocuente que votar No. Los votos negativos se pueden ocultar, manosear, falsear y recontar, sobre todo cuando el Gobierno manipula a su antojo a los ciudadanos, las urnas y las estadísticas. Pero la ausencia física de votantes es más difícil de camuflar. Corresponsales extranjeros, turistas y simples curiosos podrán ver y comentar la escasez de gente en los colegios electorales. El desaire público a pleno sol es la imagen que vale más que mil  noes  suscritos temblorosamente en la oscuridad de la cabina de votación.

Cuando en mayo del año pasado se celebraron elecciones presidenciales  en Venezuela, menos de la mitad de los votantes registrados acudió a las urnas y, de esa mitad, se calcula que apenas dos tercios votaron por Maduro.  Lo que contribuyó decisivamente a la condición de gobernante ilegítimo que desde entonces arrastra el heredero de Hugo Chávez no fue el 15% del censo que votó en su contra, sino el 50% que se negó a participar en la farsa electoral y no ejerció su derecho al sufragio.

En Cuba, el general de mil batallas Raúl Castro, el presidente subalterno Miguel Díaz-Canel y la Constitución fraudulenta que ambos se han confeccionado a medida, merecen una respuesta similar del pueblo soberano, antaño combatiente.

5 comentarios

Imagen de Plutarco Cuero

Excelente la caricatura ... los fiñes de la Revolu, tienen la misma materia prima en su cerebro ... que el COPROLITO de Santa Ifigenia ...

Imagen de Balsero

Sí. Esta vez el dibujo de Lauzán creo que es inapropiado, por el lado de ambos niños.

Imagen de Ricardo E. Trelles

// El último gran triunfo del  castrismo-PCC sería que culpáramos a la ciudadanía ("la masa", como degradantemente le llaman) de su existencia y persistencia // - - - - - ¿Qué se ha hecho para desarrollar en la ciudadanía cubana la cultura de su valor, papel y posibilidades? (Hasta simples y prácticos materiales como el mostrado en   mhecnet.org?AspiracionesSIoNO  son excluídos sistemáticamente de pulbicación.) - - - - - Y EL DIBUJITO QUE ENCABEZA EL ARTÍCULO ES UNA DESPRECIABLE GROSERÍA CON LOS NIÑOS.

Imagen de Balsero

Si hay algo que me alegro es de la torpeza de Díaz - Canel. Al momento actual, con una Venezuela en llamas por ser los castristas los autores intelectuales de uno de los desastres político - económicos más grandes de la región, hay que sumarle este intento de legitimación. A los ojos del mundo, Venezuela - una reciente democracia - se transformó en una dictadura, gracias al libreto de La Habana, por lo que la opinión generalizada de esa "elección" no será otra que el rechazo unánime. Si algo le faltaba a la dinastía Castro era exportar corrupción, represión y miseria, y encima de todo, querer aparentar que son una democracia.

Imagen de Anonim

El autor afirma que el gobierno-estado-partido controla totalmente la votación y que toda acción de cierta forma aprueba y legitima el sistema. Dice que la aprobación del nuevo reglamento permitrá seguir violando los derechos y la represión se legalizará, y opina que la manera más visible y eficaz de deslegitimar el sistema es no votar. Los argumentos contra votar No se pueden aplicar a No votar. Si el régimen lo controla todo, entonces controlará la visibilidad en las urnas. El nuevo reglamento no legitima más al régimen porque el régimen no recibe su legitimidad de los votos sino de la fuerza y de organizaciones y países que tratan con él. En el autoritarismo, como Maduro, el ausentismo deslegitima porque hay sociedad civil, pero en el totalitarismo no. El autor discute un asunto de eficacia. Votar No o No votar son dos posiciones válidas.