Lunes, 11 de Noviembre de 2019
Última actualización: 08:41 CEST
Política

Estudiantes congoleños en Cuba, la historia de un expolio

El presidente congoleño Denis Sassou-Nguesso. (STRINGER/AFP)

Despliegue militar, prohibición de manifestaciones, reclusión domiciliaria de las figuras prominentes de la oposición, internet y comunicaciones cortadas: en estas condiciones el presidente congoleño, Denis Sassou-Nguesso, hizo adoptar por referendo, en octubre de 2015, una nueva Constitución.

Una Carta Magna hecha a su medida, y aprobada con más del 90% de los sufragios, que le permitió sustituir la anterior, de 2002, también diseñada a su antojo. 

La nueva Ley Fundamental le aseguró, el año siguiente, renovar su permanencia en la Presidencia y avaló su posible postulación a otros dos mandatos consecutivos que, de concretarse, lo dejarían en el puesto hasta 2031.

Esta jugarreta es sintomática de los tejemanejes del hombre que ha dominado los destinos de la República del Congo durante más de 30 años. 

Antiguo general paracaidista, Sassou-Nguesso llegó a la Presidencia de la nación por primera vez en 1979, tras haber hecho asesinar a sus principales oponentes en el entonces partido único, el Partido Congoleño del Trabajo (PCT). No fue hasta 1992 que, en plena apertura democrática, dejó el cargo tras perder las elecciones.

En 1997 Sassou-Nguesso volvió al poder después de una cruenta guerra civil que habría dejado unos 10.000 muertos, y en la que contó con el apoyo de tropas enviadas por el presidente angoleño de aquella época, José Eduardo dos Santos, y la financiación de multinacionales petroleras francesas.

En las dos últimas décadas ha dirigido el país con mano de hierro, plegando las instituciones a sus designios, acosando continuamente a la oposición, encorsetando a la sociedad civil y organizando elecciones fantoches.

Sassou-Nguesso también se ha caracterizado por una habilidad política para mantener a la oposición dividida, mediante el fomento de rencillas internas y el soborno de sus representantes, y para instaurar políticas clientelares en las que la instrumentalización de las divisiones étnico-regionales ha jugado un rol clave.

Rivalidades étnicas

Esto último es particularmente relevante en un país marcado desde la independencia en 1960 por la fragmentación étnica y territorial.

La República del Congo cuenta con un territorio similar al de Italia y con una población de apenas cinco millones de habitantes. Y, sin embargo, en su seno coexisten más de 70 etnias, siendo la Congo (32%) la mayoritaria, seguida por la Teké (12%) y la Yembé (11%). Estas se concentran principalmente en el sur y el centro del país. De hecho, cerca del 70% de la población congoleña vive en el sur.

No obstante, la gran mayoría de los altos cargos del Ejército y de la administración están en manos Mbochis, una etnia del norte que representa apenas el 3% de la población y de la que procede el presidente. En la anterior legislatura, por ejemplo, según el politólogo Benjamín Puybareau, solo 18 de los 138 parlamentarios procedían del sur del país.

Una situación que hace realidad el dicho de Sasso-Nguesso: en el Congo hay solo una verdad, "la que opone el norte al sur".

Las políticas del mandatario han intentado captar también los favores de la capa poblacional más importante del país, los jóvenes —el 70% de los congoleños tiene menos de 25 años—. De ahí, en cierta medida, los planes de becas en países como Cuba, Rusia, China, Marruecos, Senegal, entre otros, que beneficiarían a unos 5.000 estudiantes. Otros 15.000 jóvenes cursarían los estudios en el país gracias a las becas otorgadas por el Ministerio de Educación.

Pero incluso en este plano intervendría una insidiosa escisión étnico-regional. Así, se estima que de los cerca de 2.000 estudiantes presentes en Cuba más de 1.800 serían originarios del norte del Congo.

Apropiación de los bienes comunes

Aun así, es la lógica familiar y nepotista la que prevalece en la gestión del poder del mandatario congoleño. Su hijo, Denis-Christel, además de ser diputado y miembro del Buró Político del PCT, es quien lleva las riendas de la única refinería de petróleo del país y, en general, quien gestiona el sector petrolero, la mayor fuente de riquezas de la nación africana.

Hace unos años la publicación de los Papeles de Panamá reveló que gran parte de las riquezas del país se evaporaba en un complejo circuito de empresas offshore pertenecientes a la familia del presidente.

Y en estos días Global Witness, una ONG que lucha contra la devastación medioambiental y la violación de derechos humanos, ha destapado que Claudia Sasso Nguesso, hija del mandatario y directora de Comunicación de la Presidencia, habría malversado 20 millones de dólares de fondos públicos, de los cuales habría utilizado siete millones para comprarse un apartamento en el complejo residencial y hotelero propiedad de Donald Trump en Nueva York.

La República del Congo posee un territorio con un caudal extraordinario de riquezas naturales (yacimientos minerales, maderas, hidrocarburos). El país es el cuarto productor de petróleo del África subsahariana, con una producción anual que ronda los 120 millones de barriles. Esto representa el 90% de las exportaciones y el 75% de los ingresos en las arcas públicas.

Aun así, más del 50% de los congoleños vive por debajo del umbral de pobreza y las infraestructuras y los servicios públicos se encuentran en un estado deplorable.

Las protestas de estudiantes por el deterioro de sus condiciones de estudio o por el impago de las becas son recurrentes.

En 2018 el país salió de una dura recesión de más de tres años y las autoridades anunciaron un aumento del presupuesto nacional de un 44% para 2019. ¿Dónde está entonces el dinero de los estudiantes que protestan en La Habana?

Más allá de las penurias eventuales del Estado congoleño, parecería que la respuesta está en la lógica de latrocinio y apropiación de los bienes públicos que caracteriza al entorno presidencial.