Jueves, 19 de Septiembre de 2019
Última actualización: 18:50 CEST
500 años de La Habana

Habana soundtrack

Jóvenes bailando en una calle de La Habana. (J. PERÉ)
Jorge Peré.

No preciso conocer en persona a Sverre Indris Joner para lanzarme a descifrar —especulación mediante— su carácter. Lo vi tocar esa noche y con eso basta. Apareció en traje y zapatos de dos tonos, como un único guiño a lo convencional. Incluso su paso, especie de trote ligero y desenfadado, contrastaba con su aparente elegancia: llegué a pensar que le apretaban los zapatos, que aquel traje de satín lo ahogaba lentamente.  

Pianista clásico, rezaba el plegable. Pero Sverre es más bien un swinger. Un rumbero de orilla.

Llegué allí, al teatro, por puro embullo. Manuel había sacado entradas y quería que fuéramos a ver a "un tal noruego, que adaptaba los clásicos sinfónicos de occidente a ritmos cubanos y tropicales". Sonaba bien. Y me aventuré a esa experiencia con mis amigos.  

Ahora no tengo cómo agradecer a Manuel y, en principio, a Sverre Indris Joner, por esa noche reveladora. Sin embargo, no tuve tan claras las cosas, lo que había sucedido en ese lugar, hasta que estuvimos fuera.  

Mientras caminamos por el parqueo del Teatro Nacional, Manuel me cuenta que al otro lado, en la Sala Avellaneda, acontece una función de Acosta Danza. De inmediato pienso en la relación de estos eventos, en el lógico descentramiento que allí se da. Lo posmoderno es exactamente eso: asimilar al otro cómodamente, en un acto de natural promiscuidad cultural.   

La Sinfónica del Gran Teatro de La Habana tocó esas piezas venerables tomando la herejía por estilo. Sverre deslizó en los atriles sus arreglos profanos —el Danubio sonó en charanga, las sinfonías no. 40 y no. 21 de Mozart, en mambo, Eine Kleine quedó a medio andar entre la salsa y la timba—, subversivos con el tempo y la rítmica habitual. Y tengo la impresión de que todos se hallaban más a gusto, o al menos parecían más relajados.  

Mientras se escucha perplejo todo aquello, uno se percata, claramente, de que la crisis se apoderó del modelo, y de ahí la necesidad de emigrar a lo alternativo. Solo hay que ser un anarquista estético, como Sverre, para asumir sin traumas ese fenómeno.  

Acosta Danza no es menos herético. Su creador, el prestigioso bailarín Carlos Acosta, marcó la historia de la danza cuando fue reconocido como primera figura del Royal Ballet de Londres. Lo paradójico es que se fue de Cuba, cargando la pena del declarado racismo que distingue a la octogenaria Alicia Alonso, quien estuvo dispuesta a no dejar que el "Yuli" contaminara el blancor de su palomar. 

Pronto se nos une Dayneris, con un rostro de complacencia que indica un retorno del placer. Nos pregunta por el concierto y le decimos como podemos lo hermoso que fue. Un ruido, que pronto se hace marcha, y luego texto, se cuela entre la muchedumbre acumulada en la acera y los escalones. La gente aquí luce más regia y altiva que al otro lado. Algunos hombres llevan traje, casi todas las mujeres en tacones y vestidos brillosos. No se me ocurre que alguien pueda sacar una bocina portátil y amenizar con reguetón. Esas cosas suceden únicamente en los filmes de Emir Kusturica. 

Ya he visto de qué se trata: dos muchachones han caído en aquel sitio —como cae Mr. Bean sobre el pavimento—, el cual de plano no les hace gracia, y parece que esperan a alguien. Su primer minuto allí casi ni se echa a ver. Sin embargo, en poco tiempo se vuelven blanco de miradas y rumores furtivos. Es obvio que no encajan allí. Ellos también lo saben y, en cambio, no disimulan su feeling, lo que verdaderamente les importa: escuchar y bailar reguetón "repartero".

Un grupo de adultos se mueve en dirección a los muchachos. El que bailaba deja de hacerlo y ahora se abraza a una mulata alta y elegante, su madre. Saluda al resto con igual cordialidad —hermanos, primas, supongo—  y vuelve a su estado anterior. La música en ningún momento deja de sonar. A la distancia nadie parece molesto. Echan a andar todos juntos, entre risas, coros y anécdotas. 

En mi cabeza sopesaba una y otra vez lo visto, siempre arribando a la misma certeza: no hay una mejor muestra, un ejemplo más lúcido y elocuente de tolerancia. En una ciudad aleatoria como la nuestra, la exclusión parece un gesto anacrónico e imperdonable.

En su nocturnidad, La Habana puede ofrecernos estos ademanes sublimes. Sin embargo, hay un fondo irreductible (aunque variable), una banda sonora que alivia la gravedad de nuestra cultura. Y esto no es algo nuevo, ha sucedido desde siempre. Ahora mismo —como bien ha señalado un amigo realizador— no importa donde vayas, el reguetón será el soundtrack.