Martes, 19 de Noviembre de 2019
Última actualización: 16:13 CET
Fotografía

Las fotos de Orlando

José Dranguet. (ORLANDO HERNÁNDEZ)

A Orlando se le puede encontrar caminando por la concurrida avenida 10 de Octubre, una de las arterias principales de la capital cubana. No obstante, su territorio se extiende a barriadas periféricas como la Víbora, Luyanó, Santa Amalia, Mantilla, Párraga y el Casino Deportivo, entre otras. Lleno de curiosidad, recorre kilómetros ataviado con su gorra, pulóver, short, zapatillas deportivas, mochila y un pomo de agua. 

Cuando algo llama su atención, saca su cámara, dispara y registra la verdad. Tras el lente explora una realidad plagada de seres de carne y hueso, ajenos al glamour de las galerías de arte, los medios de comunicación y la revolución tecnológica. Orlando sabe que sus imágenes son crudas, pero la realidad que retrata es aún peor. Conscientemente, se aleja de cualquier artificiotécnico, estético o conceptual. Para él las fotografías son una necesidad espiritual, algo íntimo. Disfruta el proceso más que el resultado. Los retratos le gustan sin velos ni florituras. 

Orlando Hernández (La Habana, 1953) se desmarca de pretensiones artísticas, aunque un hombre de su calibre y experiencia en el ruedo tiene los ojos bien entrenados. Por eso no le importa demasiado si estampan su nombre en el selecto club de los fotógrafos contemporáneos cubanos. Alejado de los parques temáticos para el turismo y la propaganda, disfruta el cuerpo a cuerpo con sus semejantes en las calles de la ciudad, donde dialoga con almas marginadas. En su andar registra entornos citadinos degradados, practicantes de religiones afrocubanas, artistas populares, objetos cotidianos, manchas abstractas, tatuajes o Ángeles kídos, víctimas de un sistema encallado en la pobreza, arengas caducas y el peso del tiempo. Pueblos ancestrales creían que las fotografías robaban el alma. Los retratos de Orlando encierran las voces de los más desfavorecidos, aquellos que nadie escucha por más que griten.

Si bien las edades y el sexo de los fotografiados abarcan los espectros más amplios, se nos hace evidente una mayor presencia de miembros de la tercera edad. Y esto no es casual, para nadie es un secreto que este segmento poblacional es el más vulnerable, perjudicado, y donde se encuentran los mayores niveles de pobreza. Las pensiones que reciben por una vida de trabajo y sacrificio no les alcanzan para vivir. Algunos tienen suerte, disponen de parientes que se preocupen por ellos dentro y fuera de la Isla. Así logran campear el temporal. Otros no tienen tanta suerte y son presas fáciles de la soledad, la demencia o la diabetes; caen presos de adicciones como el alcohol, son embaucados, resisten abusos en silencio y lo peor, sufren la indiferencia del prójimo y las autoridades. En su jungla de asfalto pasan a formar parte de la ya numerosa casta de los olvidados. Son parias anónimos, derrotados por la vida, las malas decisiones personales y la crisis económica.

En nuestro encuentro, Orlando comenta: 

"Comencé a fotografiar esos ambientes en el año 2000, no pude antes por carecer de cámara propia. La vida de los personajes que uno conoce en la calle es muy rica, me llaman más la atención que las vanidades de mi mundo.  Registro las costumbres de una humanidad frágil. Necesito esa aglomeración de experiencia y también conocer gente distinta. He estado en treinta países por cuestiones vinculadas a mi profesión, pero estoy convencido, no puedo vivir en otro país que no sea este, soy local, formo parte del ecosistema.

"Sin pestañear(2016) ha sido la primera y única exposición personal que he realizado. La organizó la pareja conformada por Juan Carlos Alom y Aimara Fernández para Studio 8, espacio situado en el sótano de su propia casa del Vedado. No participé en su curaduría, ni en la selección de imágenes. Alom quiso mostrar las fotos al verlas por accidente en mi computadora, no fue algo previsto, simplemente surgió".

Como un explorador posmoderno, Orlando Hernández se lanza a las calles de los barrios que domina con los ojos bien abiertos, acude a la captura del instante preciso. Sabe lo que busca, pero no lo que puede encontrar. En nuestra charla nos cuenta anécdotas sobre Ibis y Rafael (el Toro y la Tora), Efraín Morciego Reyes (el Poeta), Angelina y sus perros, Oscar (Cosita) y José Dranguet (Pepe el Rasta), entre otros personajes callejeros con los cuales ha entablado relaciones afectivas. Algunos ya nos están entre nosotros, pero queda su registro en la memoria. Muy pocas de las fotos que nos muestra son robadas, ya que a Orlando le interesa el dialogo con los individuos que protagonizan las imágenes.

Finalmente, como mismo llegó a nuestra casa, se marcha con prisa. Antenuestra insistencia para escribir estas líneas, nos deja unas carpetas repletas de imágenes de su andar por los barrios. Contienen la mirada personal de un hombre que no se sienta a esperar la inspiración en su casa, sino que sabe que la verdad está ahí, fuera.