Sábado, 12 de Octubre de 2019
Última actualización: 10:47 CEST
Crítica

¿Y con esta novela pretenden homenajear los 500 años de La Habana?

Antonio Arroyo. (RADIO PROGRESO)

Un fiasco, de los peores, que puede estremecer a cualquiera. Presentado con bombo y platillo a finales del año pasado en la sala Villena de la UNEAC, incluso con derecho a un reportaje entre las noticias culturales del noticiero estelar de la televisión cubana que dejó a todo el mundo con el deseo de buscarla. Pero en librerías no estuvo, no hasta la recién finalizada Feria Internacional del Libro de La Habana en el pabellón de Artex, pues se publica por su sello editorial Ediciones Cubanas. Hablo de Bendita Habana, del dramaturgo Antonio Arroyo.

El autor tenía otra novela publicada que tampoco había visto: ¿Mantilla? Después de La Palma. ¿Es una broma de título? No, es en serio: ya estaba publicado en 2013 y con una segunda edición en 2015. Lo cierto es que tanto ¿Mantilla?... como Bendita… son deliciosas tomaduras de pelo de un aprendiz a quien le viene mejor seguir haciendo (dirigiendo) su teatro, pero en las tablas.

¿Qué es Bendita Habana? Una noveluca, que no sobrepasa las 157 páginas en su pretensión de armar una sinopsis digna de una trama histórica de Leonardo Padura. Veamos el fragmento inicial de la contraportada, capaz de enganchar al mismísimo Harold Bloom: "Una cadena de gruesos eslabones de oro con un crucifijo engarzado en zafiros y diamantes permaneció durante cientos de años en la nganga de una casa de Guanabacoa, por ende, resulta un enigma inquietante".

¿Y a que no adivina el lector a quién perteneció esta joya que cuesta una fortuna, millones, "y será subastada en Nueva York próximamente"? Nada más y nada menos que a su ilustrísima, el reverendo y santo obispo Espada. Y lo que esperamos ver es cómo se desenvuelve ese entuerto que viene a complicar las cosas en pleno siglo XXI en la misma Habana, la de ahora. Claro, todo eso es apenas un fuego fatuo, bien fatuo, en el que a su alrededor circularán personajes que parecen salidos de una novela de folletín, de las peores, y el suspense que se anuncia se esfuma por los aires.

La novela nombra sus 14 capitulillos de la manera más pedestre que imaginarse pudiera. Vean estas bellezas: "Normal", "Déjame que te cuente", "Fiesta y pachanga", "Tremenda historia", "Luisita y titiritera", y por ahí sigue en su creatividad todo un pensamiento cansado. No. Ni piensen que todo ello es un artificio chistero de la posmodernidad literaria, de la carnavalización, el pastiche o la ironía que tanto quehacer dio a Bajtín y compañía.

Todo es producto de una maravilla de imaginación que teje un "remameo" de historias que supuestamente intentan, de modo "novedoso", oh, Dios, descubrir el agua fría: mudar los sujetos narrantes con una ingeniosa concepción del monólogo que supera al Ulises de James Joyce —es una ironía claro, ni sueñen que lo consigue— para cristalizar antes que en interés y dominio de las técnicas narrativas, engarce adecuado de las categorías tempo-espaciales y desarrollo convincente de psicologías, en torpeza de imaginación, manquedad en la ilación de historias, y mucha caricatura, demasiada, de criaturas tan ridículas como esperpénticas del más rancio y burdo folletín.

Creo que estaría ofendiendo a la literatura de cordel, en la que hay valores. Pero, cuidado: Bendita Habana no es literatura de cordel, sino de tendedera.

Arroyo pretende en libro, dice él, una "novela visceral". Pero, ¿qué se entiende por visceral? Una tentativa más o menos directa al racismo solapado de la sociedad cubana, algunos tintes medianamente macabros de intriga histórica, dos o tres pinceladas de realismo sucio, muy sucio eso sí, no por las tres o cuatro menciones grotescas al colorido sexual —zoofilia incluida—, sino por el modo tan torpe en que lo concibe, como si con ello emulara exitosamente una trama de Pedro Juan Gutiérrez.

Lo que sí es cierto es que hay mucho en ella para una antología de lo "mejorcito" que se publica hoy día en el mundillo de la literatura cubana. Y claro, muchas lecciones también para quienes sufren de la fiebre de la novela histórica —es una plaga lo que hay, para bien o para mal—, no solo con ese regordete obispo, tipo personaje de una telenovela, sino también con Varela o Tomás Romay, que salen a relucir.

Bendita Habana ofrece lecciones acerca lo que no se puede hacer cuando no se tiene ni el más mínimo talento para contar bien una buena historia.

Y así se pretende, con esta novela, como se había anunciado, homenajear los 500 de la villa… ¡Háganme el favor!


Antonio Arroyo, Bendita Habana (Ediciones Cubanas, La Habana, 2018).

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Imagen de NARCO

Camisa chea a cuadros azulencos, relojón macho sacado de la vitrina de Fossil a descuento, baldolera de poiletileno imitación piel de becerro, estudio chato de Radio Progreso con paredes en combinación cromática con camisita a cuadros y cabello planchado, ¡¡tal es el lamentable estado de la literatura cubana postazotea!!