Jueves, 19 de Septiembre de 2019
Última actualización: 18:50 CEST
Crítica

'Tablero': el confuso y luminoso origen de las cosas

(BILLINGHAM)

Si el tablero de este libro fuera de ajedrez sería fácil hablar sobre él. Podría mencionar casillas y fichas; decir que la poesía es asunto de juego y táctica. Pero no lo es, aunque en él todo sea estratégico; aunque Aleisa Ribalta Guzmán, su autora, sea una reina capaz de moverse en todas direcciones.

Tablero es un acto de equilibrismo: versos que se sostienen sobre los hombros de otros versos, coreografía de fuerzas, ligereza impávida. Una proeza donde lo poético es acrobacia y riesgo. Hay en él, un tiempo suspendido o más bien la  presencia simultánea de pasado, presente y futuro. "No se sabe si es/ un invierno templado/ un otoño tardío/ o una primavera sedienta de estallar", dice en "Norte heliocéntrico" y, con ello, define su propia poética. No porque sea imprecisa, sino porque contiene todas las estaciones, pequeño Aleph que conjuga lo múltiple. "Lo que sí se sabe es que el Sol/ está hoy aquí."

Intertextual, en Tablero se dan cita personajes que se mueven entre la historia y la leyenda, la literatura y el mito. La diosa del Yangtsé, Odiseo y Penélope conviven con los taínos, la madre de Tesla y la mujer del Dr. Bach; un espacio donde lo irreal cobra cuerpo y lo real se diluye. Conviven también con una voz en apariencia autobiográfica pero que, no obstante, podría ser la de cualquiera de nosotros parados frente al amor o el desamparo.

Navegando a contracorriente, de costado a su tiempo, Ribalta Guzmán vuelve a la poesía como zona sagrada; como veneración a las posibilidades plásticas de la palabra. También lo sagrado como consagración, es decir, como intento de dotar de significación al mundo. Desde esa significación, funda una cosmogonía propia, con sus claves y secretos particulares (y me temo que, en eso, no puede escapar a su formación como ingeniera. Lo suyo es construir, diseñar, perfeccionar). Su situarse de costado es un acto de valentía, pero, sobre todo, la apuesta por una poesía realmente contemporánea, pues la contemporaneidad —para decirlo con Agamben— es una adhesión algo desfasada y anacrónica al propio siglo.

 El tablero no es de ajedrez, es una ouija (se nos revela en algún punto), un fantasma oracular. Y aunque tiene miedo — “leáse/ un congénito miedo a todo/ la oscuridad/ las ratas/los barrancos y los perros (a casi todo/ menos al misterio"—  la poeta escucha, traduce balbuceos propios y ajenos, nos invita a ser brujos.

Si su anterior poemario, Talud (Ekelecuá Ediciones, 2018), estaba signado por un estado de contemplación (un no sé qué mirado por la ventana), en Tablero hay un estado de inmersión: una necesidad de ir al fondo, de mirar desde un lugar otro, de una "entropía de estar vivos". Lo erótico se erige como piedra fundamental para componer un libro que es, a la vez, pregunta y respuesta sobre la condición humana, sobre todo lo que hay en ella de encuentro y desencuentro.

Hay caos, pero es un caos organizado, una poética-rizoma con tallos subterráneos. Si hubiera que designar una luz, para hablar de este libro, diría luz mediterránea, esa maña particular de hacer estallar las cosas y sumirlas en la atmósfera de un sueño. Como Sorolla, Ribalta Guzmán sabe cuándo es necesario difuminar, cuándo señalar el filo peligroso y bello de la realidad.

Poesía acuática, en medio de toda la imagen constante del mar, ese mar que nos refugia y conecta, "la gran masa azul/ insondable y perenne/ desde que el mundo es mundo". Frente a su vastedad nos hacemos y no hay diferencias. Tal vez estos versos son un intento de volver a él, a su líquido amniótico, al confuso y luminoso origen de las cosas.


Aleisa Ribalta Guzmán, Tablero (Editorial Verbo (des)nudo, 2019)

El libro se presenta este sábado 20 de julio en la librería Animal Sospechoso ( Carrec Ventalló, 9), en Barcelona, a laS 7.00 PM. Estarán presente la autora y los poetas catalanes Eduard Reboll y Laia López Manrique.