Domingo, 17 de Noviembre de 2019
Última actualización: 16:13 CET
Narrativa

Cuerpo de mujer, blancas colinas

(TUMBLR)

 

Amo el amor que se reparte

en besos, lecho y pan

                           Pablo Neruda

 

Su nombre de trabajo es Maia y tiene 22 años. Se inclina en la bañera del Café Fortuna Joe, en Playa, y deja ver sus muslos, torneados por el sol y las labores propias de la precariedad de su casa, en Cacarajícara, cuya agua tiene que cargar en cubos desde un pozo lejano.

Yo, en afán periodista, me presento:

—Maia, yo cuento historias… historias de gente común que no se escriben en ninguna parte. ¿Quieres ser tú una de ellas?

Maia mira las máquinas de escribir colgadas en la pared del Café y asiente, como si entendiera perfectamente mi trabajo.

—Haz las preguntas, que yo respondo.

Pero me da pena preguntar. ¿Cómo se le pregunta a una chica de esa cierta vida cuándo comenzó a tenerla?

Opto por invitarla a tomar para romper el hielo. Y funciona: cinco Heineken después, ella es la que interroga a mi grabadora:

—Yo lo que quisiera saber —sostiene el micrófono con ambas manos, como si de un falo se tratara— es quién les dijo a los hombres que a las mujeres les gustaba el sexo anal.

Los dependientes del Café Fortuna Joe, vestidos todos de marineros —el sitio intenta ser, a la vez, paisaje surrealista y barroco, corriente ecléctica en los bordes de Miramar—, se acercan, demasiado solícitos, a recoger las botellas. No me atrevo a mirarles la cara. Quisiera volver algún día al lugar, pero me doy cuenta de que, si lo hago, tendré que llevar gafas bien amplias.

—¿Sabes qué? Estoy segura —continúa Maia— de que fue un tipo muy bocón, un único tipo que malinformó al resto de los hombres. ¿Y quién sería la mujer de ese tipo?

Maia defiende a gritos su punto de vista; yo comienzo a arrepentirme de las cervezas…

—¡Esa era una que fingía! El sexo anal duele de cualquier manera que te pongas. Te lo digo yo que sé, porque esa es la especialidad mía con los clientes.

Aún en el centro de la diana, no me atrevo a articular ninguna pregunta. En cambio, ella no tiene pelos en la lengua para sonsacarme:

—¿Qué tú crees de mi especialidad?

—¿Yo? —me sobresalto y escondo la cara detrás de la grabadora—. ¡Yo no creo nada!

A par de metros de nosotras, un extranjero de piernas largas, algo entrado en años, la envuelve en mirada lúdica.

Apenas ella lo nota, como movida por resorte, se levanta de mi lado. Su seguridad es tal, que no se toma el tiempo para la gestualidad, aprehendida por todas las chicas, de bajarse la saya para que no se vea de más en el movimiento de incorporarse. Maia está por encima de eso: muestra, además de sus muslos, la entrada de sus glúteos, también torneados.

Se le acerca al hombre y habla con él par de frases que no alcanzo a distinguir. Mientras tanto, los marineros de la barra me cuestionan con la mirada. Yo, mitad avergonzada, mitad insultada, le pongo pausa a la grabadora y clavo la vista en las máquinas de escribir que decoran las paredes.

Maia regresa, pero solo para marcharse.

—Querida, tengo que trabajar —me anuncia.

Su premura me obliga a apresurar la pregunta:

—Maia… ¿por qué lo haces?

—¿Tú dices por qué trabajo en lo que trabajo? ¡Ay, niña! —deja sobre la mesa un billete de 20 cuc y señala con su índice las botellas vacías—. ¿Tú sabes lo lejos que queda Cacarajícara?

Recoge su bolso y se marcha sin mirar atrás.

 


Diana Castaños nació en La Habana, en 1986. Ha publicado los libros de narrativa No hay tiempo para festejos (Editorial Abril, La Habana, 2017), Josefina (Gente Nueva, La Habana, 2017) y Yo sé por que bala la oveja mansa (Bokeh, Leiden, 2019).