Domingo, 13 de Octubre de 2019
Última actualización: 10:47 CEST
Voleibol

Carlos Alberto Araujo: hacerlo de nuevo y hacerlo mejor

Carlos Alberto Araujo (izq), con su equipo, el Linares Club. (FEDERACIÓN DE VOLEIBOL DE CHILE)
Carlos Alberto Araujo. (FACEBOOK)

El mejor atacador de la liga de voleibol de Chile mide un metro con 99 centímetros, tiene 26 años y es cubano. Carlos Alberto Araujo ganó ese título individual en diciembre, cuando aún festejaba junto a su equipo, el Linares Club Voleibol, haber ganado la Copa del evento deportivo.

Hitos como los que recién vive en su carrera deportiva ponen la nostalgia a trabajar. No fue ningún entrenador, recuerda Carlos, quien "descubrió" sus potencialidades para el deporte, sino su padre. Las señales eran inequívocas: "medía 182 centímetros con 12 años" de edad.

"Mi papá empezó a buscar entrenadores de básquet, de balonmano —cuenta el joven habanero—, y hasta pasé por esgrima. Estando en ese deporte, no tenía entrenador, se encontraba en reparación la escuela deportiva Mártires de Barbados, y decidí probar con el voleibol".

Las brazadas al aire, los microsegundos levitando para reventar balones... Ahí se quedó Carlos. Hacerlo de nuevo y hacerlo mejor. Y, a medida que ascendía en las categorías juveniles, vivenciaba una ristra de situaciones inauditas para el adolescente que era.

Los campamentos veraniegos de la iglesia a la que asistía los pasaba entre reprimendas de otros muchachos: "No remates tan duro", "Tú eres 'pro', nosotros no", "Si Carlitos juega, yo no juego", soltaban del otro lado de la net.

Todo un año trabajaba para hacer trueno el remate, para convertirse en un profesional, para nunca ser banquillo. Luego debía refrenar todo eso. Bajaba la mirada y el resorte de los músculos para que todos jugaran.

Cierta vez, cansado de contenerse, abandonó un juego a la mitad, sin insultar a nadie ni pedir explicaciones. Caminó al albergue y, mudo, se dejó caer en la litera. La mirada que Carlos fijó en las tejas es aún la de hoy: noble e incapaz de maldecir.

Minutos después, una turba de chiquillos entró al albergue. "¡Carlitos! ¡Carlitos!". Llegaron hasta su litera. Pasaron muchachas que violaban la prohibición de entrar al albergue de muchachos; pasaron muchachos que habían prohibido a Carlos rematar, jugar duro, ser "pro". Le pidieron que volviera al terreno; alguien se disculpó. El increpado se puso de pie, como palma en un trigal, y regresó al partido.

Aquella anécdota infantil transmuta hoy en un íntimo orgullo. Quienes decían "Si Carlitos juega, yo no", hoy dicen "Yo jugué voli con Carlos Alberto Araujo".

Aunque ha jugado con distintas camisetas, el team para el que nunca dejará de jugar Carlos —dice— es el de su familia. "Doy gracias a Dios todos los días por ellos. Me ayudaron a levantarme cuando estaba caído, me apoyaron, me aconsejaron". Sabe que estos años han sido "fuertes" para él y para ellos, por la lejanía y la dedicación a tiempo completo que exige el deporte profesional.

Casi no ha podido disfrutar el embarazo de su hermana, mayor que él y también deportista. Le ilusiona el rol de tío consentidor tanto como la noticia que recibió en 2010.

"Cuando me mencionaron ese año en la plantilla del equipo Cuba, salté de alegría… a cada rato me decía 'voy a unas Olimpiadas', para creérmelo", recuerda Carlos, refiriéndose a su asistencia a las Olimpiadas Juveniles de Singapur. "Fui corriendo a casa y les dije a mis padres. Me abrazaron".

El abrazo se repitió cuando ganaron la medalla de oro. "Lloramos".

Fue una de las últimas grandes victorias del voleibol cubano. Desde los teams femeninos de las "morenas del Caribe", décadas atrás, la mar de triunfos se ha ido convirtiendo en un arroyo que desaparece por temporadas. La última década ha sido la peor época de seca.

Ya con el oro olímpico al cuello delgado, Carlos confesaba a amigos y conocidos su sueño: jugar para un club, preferiblemente de la liga italiana, de las más competitivas del voli.

En aquel entonces, jugar en el exterior significaba para un cubano renunciar a vivir en la Isla. Las autoridades del Instituto Nacional de Deporte, Educación Física y Recreación (INDER) controlaban férreamente las salidas del país de atletas de alto rendimiento, y llamaban traidores a quienes se marchaban para pactar con ligas extranjeras.

Hoy existen posibilidades de contratación en el exterior para varias disciplinas deportivas, mediadas por el INDER, que se embolsa parte de las ganancias de los atletas. Carlos, sin embargo, no optó por ese camino: "En estos momentos no pertenezco al INDER por motivos internos de la Federación Cubana de Voleibol (FCV) relacionados con la transferencia. La FCV no quiere trabajar con la Federación Internacional de Voleibol (FIVB) en ese aspecto".

La transferencia de un atleta cubano que no pertenece a la FCV y no juega por el equipo nacional cuesta 12.000 dólares, dice Carlos, mientras que por la FIVB serían solamente 1.000 dólares. Algunos clubes, aunque estén interesados en un voleibolista determinado, evitan contratar con Cuba por los altos precios.

Carlos intuyó que como freelancer le iría mejor: "los equipos los buscaba yo. Mandaba vídeos y mi currículo". Dependiendo de cómo evaluaran sus capacidades deportivas y lo que necesitara el seleccionador, contrataban al jugador, pagándole el 100 por ciento de lo acordado.

"Es difícil conseguir clubes buenos y la Federación Cubana no hace nada al respecto. Tenemos una vicepresidenta cubana en la Federación Internacional (la tricampeona olímpica Mireya Luis) y no hacen nada —expresa Carlos—. Y ha sido así desde que me sacaron del equipo nacional, negándome toda opción de conseguir selecciones buenas, por ejemplo en Europa, donde están los de más alto nivel".

Finalmente, el primero de septiembre de 2018 firmó con el Linares Club Voleibol, el mejor de Chile.

El vuelo de más de 10 horas hasta el país austral dejó una estela de despedidas y abrió puertas a ilusiones y retos. El inventario de desafíos que deportiva y humanamente enfrentó Carlos en la lucha por el campeonato profesional chileno es sencillo:

"La parte más dura fue extrañar a mi familia, sobreponerme al agotamiento físico, los momentos tensos de los partidos, el cambio de horario, el clima". Si en La Habana los calores y la humedad relativa eran otro jugador en contra, en Chile lo eran las a veces bajísimas temperaturas.

Las diferencias tácticas o metodológicas son otro asunto.

En Chile "se juega cada fin de semana, tienes que estar preparado psicológica y físicamente para los partidos, para llegar a la meta de la temporada al 100 por ciento, para jugar bien contra los equipos rivales".

"En Cuba solo se tienen entrenamientos muy intensos para llegar bien a las competencias de la FIVB cada año, tanto si se trata de la Liga Mundial o alguna por el área Norte, Centroamérica y Caribe".

En la liga chilena la batalla más recia la dio el Club Tomás Morus, que contaba con jugadores del equipo nacional de Chile, en la final del torneo. Pero los remates de Carlos, como mismo subieron al Linares Club Voleibol posición tras posición en la tabla general, no faltaron en el cierre de temporada.

Entre otros nueve participantes, el equipo ganó. Fue su octava copa. Carlos entró a la vitrina de campeones cubanos en ligas foráneas.